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Visión nuclear
Despierto en el matutino mar luminoso, las figurillas se atavían con relucientes batas, luego, bajo la firme indicación del  encargado, irrumpen en la sala.
Dos de ellos se acercaron a mí en tono amenazante, uno, neutralizo rápidamente mis movimientos haciendo imposible la adopción de cualquier maniobra evasiva o de escape. Tras introducir un embudo en mi boca, el otro hizo deslizar por sus paredes una azul y cáustica sustancia que invadió los abismos de mi cavidad.

Con lentitud, numerosas gotas de un líquido transparente también sufrieron el mismo destino. La mutante mezcla que ahora afloraba en mis entrañas socavo cualquier pretensión de libertad por lo que mi captor retiro su fría y enguantada extremidad.

Pese a ello, sin el menor vestigio de piedad abrazaron mi cuello mediante la mecánica presión de unas pinzas. Por medio de estas fui alzado y obligado a desfilar en pose ridícula.

El incandescente recipiente que después me acogió se debatía entre olas de vapor que brotaban del fondo y burbujas que protestaban ante la endemoniada llama que carcomía su esencia, largas gotas de sudor corrían por mi cuerpo sin recato, al tiempo que curiosos ojos escrutaban la maquinaria que  pululaba en mi interior.

Tras interminables segundos, fui extraído de la calurosa estancia. Una nebulosa cortina cercenaba el poder de mi visión, no obstante, el breve contacto de alguno de ellos logró disiparla.

Luego de sustraída la pinza y esta vez con mayor detenimiento, ambas miradas barrieron la anatomía de mi vientre plasmando en un corto librillo destinado a tal fin, los frutos de su impía labor.

Satisfecho dicho escrutinio, me alzaron nuevamente. Vi  a mi corazón latir dentro del recinto protector mientras los gruesos guantes aseguraban cada uno de sus componentes. Las curiosas figurillas lo palpaban con recelo, cuidando la integridad del material que les separaba de la gelidez perpetua.
Una vez verificado, danzaban a uno y otro lado con un curioso artilugio que emitía repetitivos "tocs" .De aumentar la frecuencia de estos cortos sonidos, corrían atemorizados a resguardarse. Sin embargo, regresaban al poco tiempo con enormes cilindros adheridos a sus cuerpos, y  mediante artefactos mas alargados que los primeros, exploraban en cada espacio en busca del temido sonido de advertencia.
No obstante, todas las precauciones habían sido tomadas esta vez, por lo que solo pocas de las diminutas esferas lograron filtrarse por las barreas protectoras, así que el recipiente fue acoplado en mi interior, y aunque carente de vida, percibí sus débiles latidos extasiada. Posteriormente, infinitas tuberías le fueron conectadas a la espera de mi aliento vital que fluiría por ellas.
Ya realizada la maternal unión, mostré sin recato cada una de mis entrañas mientras las figurillas se abalanzaban introduciéndome infinidad de lucecillas y demás artefactos que aseguraban la correcta conformación de mi anatomía, desechando cualquier imperfección por minúscula que fuese.
Debo confesar sin embargo,  por irónico que parezca, que pese a  ostentar el poder del universo mi estructura era aún muy endeble. En vista de ello, las incandescentes calderas forjaron al más hermoso y fuerte de sus hijos, que me fue dispuesto bajo incorruptible sello, y un par de estructuras laterales, aunado a un sofisticado sistema propulsor, me dotaron de alada condición.
Fui trasladada con sigilo a una estancia subterránea, intentando hacerme invisible a los enormes ojos que nos vigilaban desde el  celeste.
Reposé en completa oscuridad en su interior, sustentada temporalmente  por enormes brazos, que delegarían su función a la simple combustión en el momento indicado. Sin embargo, en esta suerte de estado hipnótico permanecí durante años. Mis padres, intentado erradicar al engendro que sus pútridas garras habían forjado, destruyeron a casi toda mi especie sin el menor atisbo de dolor.
Se avocaron entonces a construir grandes y poderosos reinos, lograr avances científicos sin precedentes e incluso alargar notoriamente su esperanza de vida.
Afortunadamente para mí, fue sólo un idilio y el mortal llamado no tardo en aparecer. A la par de este desarrollo, negros e ignitivos suspiros exhalados por complejos armatostes  comenzaron a posarse sobre el firmamento. Los fértiles campos y bosques subyugados por el insaciable consumo se convirtieron en áridos desiertos, que vengaron el robo de su virginal inocencia con endemoniados vientos que derrumbaban hasta a las más sólidas estructuras.
Y pese a los intentos por revertir el daño, fue imposible hacerlo pues las fauces que alimentaban a esta mortal maquinaria eran insaciables. Los recursos se agotaron  y las guerras por los restos que aún se conservaban no tardaron en aparecer, decenas de millones murieron en las primeras oleadas.
Cuerpos desmembrados bañaban todo los  campos de batalla, al tiempo que rayos luminosos aniquilaban todo a su paso mientras sofisticadas naves surcaban el firmamento, cerrando entre metálicos chirridos las estelas destructivas liberadas por sus vientres.
Al cabo de pocos años, la mayor parte del planeta estaba devastado, y sólo algunos de estos seres permanecían en pie, intentando sobrevivir al inclemente frío que ahora les flagelaba con su gélido látigo.
Mientras se alimentaban con los corruptos restos de sus camaradas caídos, fueron sorprendidos por un conocido sonido de advertencia; el pánico se poso en sus rostros y corrieron despavoridos en busca de refugio.
El resplandeciente circulo se mostro en todo su esplendor a medida que la cubierta de mi estancia se escondía. Una atronadora explosión me hizo vibrar intensamente  y en pocos segundos ya burlaba a la gravedad camino al cielo.
Tras cruzar un par de veces, continúe en dirección recta a una velocidad trepidante hasta que el viejo circuito me indico el objetivo establecido. Realice los cálculos que tanto había esperado y comencé a caer.
Mientras descendía burlando el pesado andar del tiempo  palpaba con morboso placer el manto del viento  que se deslizaba por todo mi desnudo cuerpo. Sus virulentas pretensiones de doblegarme bajo el estandarte de su infatigable látigo, sucumbían ante el poderío de mi sólida estructura inmune a sus caprichos.
Hipnotizada por la ilusiva poción de la distancia, solo pude entrever una maraña de confusos bosquejos que comenzaron a tomar forma; las tortuosas líneas dieron paso a extintos ríos y los de antaño minúsculos puntos; adquirieron rectangulares dotes.
La virulenta semilla que pronto brotaría de mis entrañas recibió el cálido contacto del sol, quien desplegó sus incandescentes tentáculos sobre mi metálico lomo. Al mismo tiempo, una nueva ráfaga de endemoniado viento intentaba sumergirme en su caótica danza.
El orgulloso Eolo; visto su pernicioso accionar delegado al lúgubre reino de lo fútil, disolvió en obstinado ácido los muros del silencio con un breve y conocido silbido que hizo estremecer las  auditivas fortalezas de  las pequeñas figurillas que pululaban en el fondo.
Ya estremecida por el terrible bastón de Gea, pude percibir como mi esencia afloraba en la infernal división de sus partículas para luego testar irremediablemente el enviciante elixir radiactivo. Barrí la superficie con mi virulento aliento de fuego tornando todo; cual  máquina del tiempo, a su primitivo estado de polvo de estrellas.
Sólo algunos fueron inocuos a este infernal espectáculo, pues las más elementales leyes físicas; las mismas que curiosamente me habían liberado, lograron impedir mi avance. Nada más fácil sin embargo, que mofarme de estos débiles intentos por detenerme; al ser dotada de infinitas semillas radiactivas, forjadas en las maquiavélicas mentes de mis progenitores, quienes escurrieron con sigilo entre las partículas de orgánica condición.
Tras estremecerse sin piedad, las células testaban finalmente el elixir de la muerte  hasta que su inmisericorde destrucción delegaba a la utopía el mecanismo de la vida; filtrando sin recato por la chamuscada piel de sus ocupantes hacia los infinitos abismos del tiempo.
Millones de otros más anhelaban impacientes la última contracción de su músculo cardíaco; pero a cientos de metros  bajo tierra sobrevivían  un puñado de ellos intentando dilucidar mi origen mientras aspiraban en secreto el aliento radiactivo.
Ya puesta al descubierto nuestra honorable patria, presionaron el botón, y una forma fúngica, mucho mayor que la desplegada por mí, desperdigo su roja semilla por doquier, dejando tras de sí las incandescentes cenizas del extinto planeta, que otros seres similares llamarían Marte...
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July 1, 2011
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